Asunto Impreso

POEMAS DE LILIANA LUKIN

1.

El declive de su pecho es una figura 
que su ánimo convoca para el sesgado
equilibrio de la cabeza: así el collar
circunda y cae sin dañar su fragil
idad: la fuerza.
De mirarla mirar: atrevimiento, le
dice, atrevida, y ella sabe que el crimen
se paga.
En lo breve de un anillo que desliza de
su dedo en el de él: el dedo en el anillo
como él en ella, simultáneos...en lo 
breve del doble anillo, doble misterio 
desenmascarado, su condena se cumple. 
Tanto cuerpo y tan poco, dice ella, y lo mira 
espiándole el nacimiento del lenguaje. 
El no tiene, allí, más que una leve 
septicemia de infelicidad.
Curaría ella su gravedad, haría de la
gracia el acto que entrara uno en otro,
como el anillo en el dedo elegido.
Atrevida en su falta de miedo, disfraza
la falta, se disfraza, a cambio de nada,
del fuego de la infancia, de nada, del
ardor y la risa sobre la piel desnuda.
En tanto, el cuerpo y la palabra son uno
para ella: dice dolor, y no puede 
soportarlo y amor dice y se le hace
agua la boca.
Atrevida, dice él, adorando lo oblicuo
a la altura de sus ojos, la cintura
con que ella le funda un lugar. “


2.

Las curvas producen sombras curvas,
nuevos planos donde ella soporta la caída
así como las manos la flor, los pies el alto
zapato, el cuello las dos vueltas
sobre el puente del pecho.
Las curvas duplican lo que ella conoce de sí
y lo que no conoce: antes de él, después
de él.
Ese ángulo de cristal organiza las miradas
que van y las que vienen: da peso a la idea 
de un cuerpo que nace entre las dos. 
Al entrar él, allí beben, sin preguntar
se apoderan, de lo que tocan hacen
deleite, violenta armonía.
Con algo de terciopelo, algo de nácar, algo
carnal, cada triángulo habla, para
él, de una transparencia letal, una
irresistible amenaza que ella suele
llamar felicidad. 


3.

¿Qué sería de mí si
hablara sólo como es
cribo, cribando en el
sentido y en la música
sin descansar?...Es
cribo para poder sólo
hablar
como vivo... 
¿Y a quién decir
palabras más cerca
nas al nombre de las cosas, 
que a aquél con quien la metáfora está
al tacto y a la vista?
¿Qué sería de mí si construyera imágenes 
sólo con palabras? Mi cuerpo habla como es
cribo, lo que vivo es de mirar y oir, de lo 
que toco y me toca, alimento más, recibo.
Vivo. Necesito descansar ¿Qué sería de mí 
sin descanso?


4.

Querido querido, has hecho de mí un
animal avaro, una pequeña furia
insatisfecha, y es mi vergüenza
esta caída, es mi grito de piedad
por tí y mi oración para que el hambre
me abandone y otra vez sea yo la
dueña de mis bienes, la portante de
la cesta cargada que reparte con sus
manos lluvia
de oros, la feliz. 

Has hecho de la diosa un mercader,
de la libre una esclava, me has
envilecido el primer día que te dí
menos de mi deseo.
¡Oh! qué niño astuto has sido para
alejarme así de la alegría de dar o bien, 
qué pobre niño habrá de siempre en tí,
desaprendido de las caricias y los dones,
crecido en la soberbia de ser su propio
y único regalo.


5.

Saldrá vestida para salir. Dará una 
vuelta a la manzana probando todos los 
frutos prohibidos: en esa circularidad de 
las acciones está la idea del eterno retorno, 
pero ella no sabe, sólo encuentra.
Sabe encontrar.
Caminando alrededor de esa idea primera, 
una puerta que no se cierra nunca es
el primer pasaje a la oscuridad:
ella vestirá la piel del otro como abrigo, 
seda entre sus muslos, la mirada que no
se da, el impulso que no cede, jugos, 
alimentos para jugar. Está vestida 
para quitar esas telas del ojo ajeno, 
el hilo  en el propio, dará más si más 
le piden, y menos, mal.
Para salir, volverán sobre sus pasos, 
habrán llegado al lugar, ella querrá
otra manzana, otra vuelta, algo que 
llevar a la boca, algo que escribir.
Violetas. 


6.

Las propiedades del objeto, lo ajeno, lo
nuevo, lo otro, esparcen un perfume,
al entrar en contacto con su cuerpo,
que embriaga la idea de sí, produce
combustión en sus conceptos, alimenta
su risa.
El sentirá la provocación, sus recuerdos
más secretos al aire, admirará el dibujo
deseará tocar, quitar, lamer.
El sabe que se trata de una fiesta
en su honor, en el honor de ella, que todo
dura un instante, que ella insiste
como si la alegría lo pudiera alcanzar.
Ella padece de imaginación
y cuando cese en su empeño, 
cada accesorio recuperará
su estado natural: restos de un banquete.
El, que ha reído con ella, tendrá nostalgia. 
Y a pesar de estar aún allí, se sumergirá 
en el silencio de quien recuerda.
Las propiedades del objeto, el perfume,
la magia en ella, el trabajo que fue
armar la escena, todo, si lo supo ver, 
estará ya olvidado.
Sola tristeza permanece.


*  *  *


Así ella desearía ser raptada una,
dos veces, marcada por la voluntad
de esa mano que también sabrá tocarla
como a un instrumento musical.
Tal su optimismo, su instinto de juego
en el instante mismo que, para los otros,
será su tragedia.
El raptor, sus largos cabellos ofrecidos
a esas manos, hace
de su pesimismo
el arma más dulce:
violenta, no pone ninguna distancia
¡oh, dioses bienaventurados!,
entre el deseo y el acto.
Alzada por él, ella sonríe, alzada,
y aunque parezca dolor, en su rostro
hay sólo la altura que tiene conciencia
del tiempo. ¿Cuánto podrá, así, no
caer, cuánto más los dedos hundirán
felizmente su carne, hecha para esas
penetraciones?
Él oculta su cabeza en ella y nada
se sabe, más que el brillo de sus ojos.


*  *  *

Escandalosa,
para él que no
conoce los límites
de su propia dulzura, tan obscena.
Caída, lánguida
y sola en ese nido,
esa cueva, lecho
a su medida:nocturna y nada
oscura, lunar.
Satén y plumas
para amar y ser leída, para beber y ser
bebida, fingiéndose dormir.
Escandalosa, para lo hecho pecho, fulgura
ante él, será de él: ah! quién pudiera
quedar, así poseída.
Si él se quedara ahí, así, adentro,
ella no caería nunca.
Lo dice y balancea su peso sobre él,
sobre el vacío, sobre la frase.
Y él, que trabaja para el placer,
pero alimenta la tristeza,
apretando su carne habla.
Ella ríe de lo que él habla: come
de lo que él pone entre sus dientes.

Si él cortara sus cabellos ella no tendría
de dónde sostenerse, y él avisa
que los cabellos son una materia frágil,
mientras le acomoda
el pelo en la frente, lo quita
de sus hombros, despeja las curvas
de la oreja para hurgar,
como si nadie
viera, como si nadie se diera
cuenta de nada.

Juega a ser su propia ofrenda, en lo
desamparado de dar y recibir. Su gesto
copia cierto éxtasis, pero ella no goza,
sonríe, piensa en actos y sonríe, apenas.
Como su dolor esparce luz ella está
iluminada, perdida en esa luz,
y al darse espera ser tomada por él,
oscurecida, al fin oscurecida.
Hacer de sí la obra, volver actor al otro,
para que lo mismo improvise su forma,
su ilusión de único, inefable.
La perfección de un momento que habla
en los cuerpos, aúlla, aunque fallen las
palabras: blasfemias, abrazos
furiosos como un sonido atroz de
maravilla.
Él no cree y es su falta de fe lo que
prodiga.
Ella escucha el insulto amoroso del callar.


*   *   *

Se acomoda 
como si fuera 
ella la que va 
a contemplarse. 
En esa creación 
de sí misma 
es más ella para él que cuando duerme. 
La mano con que protege su zona débil a 
la ternura vuelve de haber sido el hueco

para la mejilla oculta. 
Piensa en sentir como piensa en actuar: 
dando a su pensamiento el poder. 
Al verla espera que él tenga un vahído, 
que verla haga de su contención, de su 
entereza, desequilibrio y desazón. 
Está a la espera de ese pronunciamiento: 
cada parte de su cuerpo concentrada en

la corva, el cauce para escurrir un 
resto de figura y hacerse penetrar. 
Cuando eso suceda, él recuperará su 
centro, habrá tomado la entrega como 
quien recibe, y habrá dado todo, tanto al

mirar como al entrar. 
En el círculo de las sábanas el juego es 
profundo y sin final visible. 


(de Retórica erótica, Bs.As., Asunto Impreso, 2002).
 

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